Qué privilegio lavar platos que yo ensucié
Siempre me ha molestado lavar platos, barrer, cocinar. Son tareas que no disfruto, repetitivas, aburridas. Trabajo que parece evitable, como si la vida sería mejor sin él.
Al mismo tiempo, he tenido una aversión a tener una empleada doméstica, así que termino haciendo mi propio oficio de manera obligada, sin ganas y refunfuñando.
Hasta que se me cruzó un pensamiento, que no fue original mío: qué privilegio estar lavando los platos que yo mismo ensucié. Es una representación del hecho de que tengo platos, tengo comida, tengo un hogar donde compartirlos, tengo compañía. Todos estos son privilegios que siempre he dado por sentado.
Si, he oído el argumento antes, pero hasta ayer lo sentí en mi cuerpo, como un escalofrío en mis codos al fregar un plato.
Y pensé en como observar esa experiencia, me lleva a un viaje al pasado cercano, recordar como ensucié los platos, qué comí, con quien lo compartí, si estaba rico, por qué estaba pasando al terminar ese plato de comida, etc.
Presencia
Hace algunos años, he basado mis actitudes en los principios del respeto y la presencia. Y esta última es una que se redefine o expande constantemente.
Presencia es poner atención, es estar en el momento, es reconocer lo que tengo frente a mí. Y frente a mí, mientras lavo platos, tengo una lección de humildad cada vez que lo hago.